No era lubina

¿Qué pasa con ese plato?

¿Cómo que no era lubina?

La cocina está cerrada, coño.

¡Me cago en la puta! 

¿Te quieres quedar conmigo?

Ni para fichar un plato sirven,

putos camareros.

No dan ni para fregar platos.

Me cago en todo.

¿Crees que soy gillipollas? 

Eres un inútil, un inepto,

un desgraciado…

…Ahí quedé.

Como Prometeo frente al águila

Con Heracles en su día de fiesta.

 Siendo empapelado

por el chef de mierda

que no paraba de aullarme blasfemias.

Y golpear sartenes y ollas.

La vena de su frente como chistorra.

Una dramática y ridícula pataleta. 

Pensé en coger mi delantal

Y arrojárselo en la cabeza.

Sacar al chileno basto de adentro

y desafiarlo a un duelo de sables: 

“¿Y qué tanta wea feo conchetumadre?”

Pero al momento me acordé:

El alquiler, la comida, las deudas.

Los gatos, los sueños, los viajes,

las metas y las frías cervezas.

Encogí la cabeza

y seguí haciendo frente 

al huracán de improperios.

Del chef y su verborrea. 

En eso miré a Carlitos.

El ayudante filipino del cocinero

Con sus ojitos pequeños observaba. 

Me hizo un gesto de silencio.

Me guiñó un ojo y me regaló una sonrisa.

Él aguantaba a diario los delirios del chef. 

Los arrebatos, la política, su acrimonia.

Los reproches, su voz de mando.

Una laboral y mental tiranía.

No fue necesario agregar más. 

Dejé la lubina y me fui silbando.

Simpáticas anécdotas laborales

en mis nueve horas diarias

ofreciendo el pescado del día.

Bar Raïm, más conocido como el Cubano de Gracia. Carrer del Progrés 48, Barcelona. Antigua y emblemática cantina con un ambiente en sepia que te traslada a la Habana. Sus mesas de mármol son historia viva de encuentros, brindis y conversaciones. En sus paredes se puede apreciar una colección de fotografías que decanta nostalgia pura. Su carta de rones asombra, aunque lo que se roba todos los aplausos son los mojitos. Ideal para soltarse y disfrutar del ambiente, el son y el guaguanco.

Vaciado

Finalmente

me vacié de poesía. 

Expiraron las ideas.

El vergel quedó seco,

con algunas palabras inertes

desparramadas por el suelo.

Las musas se esfumaron,

razones tenían para hacerlo.

Los astros, uno a uno,

me fueron dando la espalda.

Quedé sencillamente a solas

con la honestidad del silencio.

Pero bueno,

no es necesario apalear el árbol

cada dos por cuatro.

Tampoco regañar al gato

en su insistencia de perseguir moscas. 

¿Inspiración?

Ya nos toparemos 

a lo largo del camino.

De momento

acoplo pensamientos, 

tapo las grietas del muro,

recojo los pelos del baño

y practico twerking 

con mi sombra. 

Bar Aux Folies. 8 Rue de Belleville, París. Pintoresca cantina con cerveza barata (Dato: 4€ pinta parisina). Ideal para faire l’apéritif antes de comer en alguno de los increíbles restaurantes asiáticos que hay en el barrio. O incluso después de ello. Ambiente grato y desentendido. Sin pretensiones. Bar de toda la vida, con una cachonda iluminación ochentera.

Cuarentena

Mis 40 años

los recibí en cuarentena

a causa de una pandemia.

Que no se diga que no soy organizado

y que me tomo las cosas a la ligera.

Eso jamás.

Coordiné todo

para empezar el segundo tiempo

con el equipo metido atrás.

Perdiendo por goleada el match,

pero enchufado en el partido.

Atento al contragolpe.

Y no dudo que remontaremos,

al menos eso

es lo que dicen los noticieros.

También dicen que en 40 años

no he aprendido ni a limpiarme el ombligo.

Andan como el amigo en su camino.  

¡Adelante estudios!

Bar Lilith & Sons ex bar la Bota chica. Carrer d’En Fontrodona, 23, Poblesec. Pequeña, acogedora y renovada cantina. Ruidosa, modernilla y con actitud. Con tantos detalles como cócteles en la carta. Lamentablemente no se pudo apreciar más pormenores debido a la hora y al grado de embriaguez. Tarea pendiente.

Calama

Zapatos secos en el techo,

junto a ruedas y otros trastos,

el control a la amenaza

del viento y sus arrebatos.

Un tanque abandonado,

hediondo a meado,

rodeado de desierto.

De montañas de arenas,

diques ciegos de recuerdos.

De silencio.

De polvillo que te raspa la piel

De perros flacos por las calles

Vagabundos y alguna llama,

sin nada que perder.

Una feria enorme,

basura en las esquinas,

ekekos en ofertas,

niños manejando carretillas.

Llegando tarde a la pega.

El mineral al fondo.

La postal de una hoguera palpitante,

temblores cada cierto rato,

explosiones fulgurantes.

 Arsénico y muerte por los aires.

Un rio flacuchento

como las cañuelas de mi hermano.

Almorzando en shoperias,

mineros recién pagados.

Bebidos y cantores.

Con vinchucas en los baños

Cañerías congeladas,

los domingos en el estadio.

Hoy miro fotos y sonrío,

la magia eras tú,

bello Calama adormilado. 

 

Bar la Masía. Carrer d’Elisabets #16, Barrio del Raval. A pasos del MACBA, colmena de skaters y fumetas, se encuentra el acogedor bar de tapas. Rincón ideal para refugiarse en días de frío, de lluvia o melancolía. Con posters del F.C. Barcelona en las paredes y pipas en las esquinas; este garito invita a sentarse y relajarse. Mirar los guiris degustar pimientos del padrón y escuchar conversaciones de universitarios. Jóvenes que aún mantienen la llama viva y la ilusión de que nos salvaremos. Las tapas no son muy agraciadas, pero si sabrosas. El camarero de la barra: Un crack. 

Una de camareros

Si le preguntas a algún camarero

¿Qué quiere cuando plega?

Te contestará:

“Tranquilidad y una birra”.

O capaz que no te responda,

Serán sus ojos rojos los que lo hagan.

Su pulso frágil y tembloroso.

Su nerviosismo trepidante,

Con un tono de voz serio y frío.

Capaz que te esboce una mecánica sonrisa,

Como las que ves en los culebrones.

O capaz te regale un silencio.

Un honesto y fatuo silencio.

Mientras furiosas olas rompen en su mente.

Enajenarse es fácil cuando deambulas por una barra.

Por eso mejor ignóralo.

Él prefiere su solitario sarcófago.

En donde infernales ecos le interpelan:

“¿Hasta cuándo aguantarás este ritmo?”

Las luces se apagan melancólicamente,

Mientras su alma grita desdichas,

Lamentos, bebidas y frustraciones.

Y uno que otro café descafeinado de sobre,

Con la puta leche desnatada.

 

Barna Brew, Carrer Parlament #45. A una cuadra del modernillo Mercat de Sant Antoni, se erige este pulcro y animado manantial de cerveza artesana. A pesar de estar en el epicentro hipster, los precios de sus cervezas son bastante coherentes. Ideal para hacerse el lindo e invitar unas copas. Sus tesoros son las cervezas de tirador, tres de las cuales se fabrican en el mismo bar. Los precios de la cocina son otra cosa… sin embargo si dejas que la cerveza fluya, florecerá el lúpulo en tu jardín interior.  

Agosto

Agosto en Barcelona,

triste, solo, depresivo.

Buscando algún bar vacío

donde ocultar el caracho,

y escupir la rabia.

Mirando restaurantes,

imaginando que entraba,

pagaba y comía.

Engañándome con anhelos

arrancando del subsuelo

que me tira de las patas.

Observando muebles tirados,

tesoros para un chatarrero

que me mira con desconfianza.

Gente paseando con sus perros,

atrapados por sus teléfonos.

Tiendas cerradas

al igual que el rincón de mi alegría.

Sellada bóveda vacía,

llena de estropajos

y telarañas.

Recuerdos de otros veranos.

Pintadas feas

en paredes descascaradas,

mohosas, enfermas.

Y así encuentro la taberna:

San Miguel a 1 euro.

Lugar tranquilo,

mesas vacias.

Una tele encendida

mostrando un chino cantando.

Más allá

un ventilador rotando

palpitando como locomotora

esparciendo el aire

y toda la tristeza

de agosto en Barcelona.

Bar Porto Colon.  Carrer d’En Fontrodona, esquina Vila y Vila. Bar de barrio ubicado en el Poblesec. Bocadillos clásicos, cerveza barata, promociones de hamburguesa, menú del día. Con un televisor grande, ideal para ver fútbol o lo que salga de ese aparato. Al costado de Molino y a pasos del Apolo. Perfecto para hacer la previa antes de cualquier espectáculo. Su ubicación céntrica permite disfrutar la simbiosis de turistas perdidos y parroquianos de toda la vida. Baño en correctas condiciones, salvo el papel higiénico que raspa hasta paredes. Precios populares. 

Pequeño superhombre

Nuevamente te observas pequeño superhombre

en el reflejo del cristal de tu bar Manolo.

Miras las bravas, la tortilla, las croquetas;

tratando de pasar con el máximo decoro.

Semi recto sobre un taburete.

Pelele empaquetado buscando el desahogo.

A tu lado un borracho habla como loro

en otra de las tramas repetidas de la urbe.

Agita una mano y bebe una copa,

y otra y otra.

Buscando en el olvido,

algún rastro de sentido

a esta cotidiana broma.

En la que un día te exprimen

y al otro te follan.

Para dejarte sentado en alguna barra

masticando triste semillas saladas

que hacen añicos la loza de tu boca.

De reojo observas una tele,

retrete con momias vestidas de seda

bailando cantando y luciendo,

prendas que nunca verás en tu acera.

Su riza tonta contamina

los ojitos de esa abuela que la mira,

bebiendo su cortadito descafeinado de sobre.

Con dos sacarinas.

Al otro lado de la barra,

el camarero le saca brillo a una copa.

Encumbrado en sus pensamientos,

borrando el carmín de una señora

mientras los segundos te consumen.

Te aprietan y te ahogan.

Y desde tu corazón, pequeño superhombre,

brota furioso un manantial de tristeza.

Y haces un caldo de cabeza,

mientras apuras tu cerveza.

Pides la cuenta y te las piras.

Pensando que mañana

estarás de nuevo en la oficina

En esa rutina odiosa

película, monótona y desteñida.

Las.moscas.vuelan.en.círculo.

Ellas.si.que.saben,

pequeño superhombre.

Bar la Bota. Carrer d’En Fontrodona, 23, Poblesec. Pequeña y acogedora cantina. Un clásico del barrio. Con Estrella Galicia de tirador, cócteles, empanadas y un proyector con cine mudo. Se prende tipo 11 de la noche. Esporádicamente se puede encontrar música en vivo. Ideal para conversar y conocer gente.